EN TORNO A LA CUSTODIA COMPARTIDA.

Cuando los padres viven juntos, toman decisiones que afectan a sus hijos y ninguno de ellos es consciente si tales decisiones afectan a la guarda (custodia) o afectan a la responsabilidad parental (patria potestad).

Sólo cuando los padres se separan, empieza a cobrar importancia quién toma estas decisiones y quién no; cuándo se deben compartir y cuándo no; si los niños no acuden a la guardería en tiempo lectivo; si se acude a un especialista para ocuparse de algún punto en concreto del menor o no; si quiere el menor estudiar guitarra o piano; si debe ir o no a ciertas colonias…

Supuestamente son decisiones de poca trascendencia en la vida del menor, pero resultan absolutamente conflictivas en muchos de los progenitores separados, pues existe la tendencia a creer que el progenitor que las decide y adopta significa que prescinde del otro al que se considera progenitor de segunda; progenitor de “visitas”.

El progenitor que no ha sido consultado, se siente discriminado y por ello suele oponerse a la decisión, básicamente por el simple hecho de no haber sido consultado lo que le hace pensar que no se le tiene en cuenta en su calidad de padre o madre y no porque al menor le afecte sustancialmente.

La guarda compartida, trata de igualar “el rango” de los dos progenitores respecto de las decisiones de la vida del niño. No es tanto, la igualdad en el tiempo de convivencia con los niños (no es necesario el 50% con cada uno) sino que los dos progenitores están obligados a consultarse la totalidad de las decisiones de la vida del niño, sin que ninguno se halle por encima del otro.

Si, teóricamente, ello daría lugar a una situación de igualdad, la práctica habitual es que la guarda compartida se convierta en dos guardas individuales; cada progenitor hace lo que estima por conveniente en su tiempo de guarda sin verse en la obligación de consultarse ni comunicarse absolutamente nada. En contrapartida, el niño, vive dos vidas distintas, sin conexión, en cada casa, pues los dos se consideran iguales para decidir en “su tiempo” lo que consideran conveniente.

Lo que trataba de evitarse con la guarda compartida se convierte, en muchos casos, en mayores conflictos.

Por ello, somos partidarias de que la guarda compartida puede ser muy beneficiosa en menores con cierta edad y con cierta comunicación entre los padres. Pero, si la relación entre los padres es difícil y complicada, en beneficio del menor, podría ser más conveniente tener la guarda compartida de forma alterna, pues al final, como en todo equipo, alguien debe dirigir la organización para que todo siga su curso en armonía y sincronización.

LA GUARDA Y CUSTODIA COMPARTIDA

El Instituto Nacional de Estadística proporcionaba en 2013 los siguientes datos en relación al porcentaje de familias a las que, tras vivir un proceso de separación o divorcio, se les otorgaba una guarda y custodia compartida de los hijos: un 17,9% frente al 76,2% de casos en los que dicha guarda y custodia se atribuye y por tanto, se ejerce, por parte de la madre. Sólo en un 5,5% de los casos se atribuye al padre.

Si bien el artículo 66 del CC dispone que los cónyuges son iguales en derechos y deberes, y según el artículo 92 del mismo texto legal, la separación o divorcio no exime a los padres de sus obligaciones con los hijos, la realidad reflejada a través de los datos citados, presenta una situación bien distinta. En la práctica, en la gran mayoría de casos, la guarda y custodia compartida, que no solo es la mejor opción para el menor, sino que hace posible que padre y madre reconstruyan sus vidas en un plano de igualdad, no es la opción mayoritaria.

Debe aclararse que la guarda compartida no supone una distribución de las estancias paterno-filiales al 50%. Lo más recomendable es que se establezca una distribución de estancias ponderada a la situación a la que venía acostumbrada la familia antes de la crisis.

Así, el Codi Civil de Catalunya, pionero en la guarda compartida y corresponsabilidad parental establece una serie de criterios orientadores para el establecimiento del tipo de guarda (Art. 233-11). Si bien recomienda y es propulsor de la guarda compartida, en su articulado no distingue el tipo de guarda, sino que a través de estos criterios la misma quedará definida, siempre partiendo de una corresponsabilidad parental.

La guarda y custodia compartida hace posible que padres y madres afronten la vida después de la separación o divorcio con iguales derechos y obligaciones con respecto a sus hijos, evitando la común situación en la que mientras el padre rehace su vida con normalidad disfrutando, en algunos casos, de una segunda soltería con todo lo que ello implica (libertad de horarios y compromisos familiares para con sus hijos); la madre asume todo el peso de educar prácticamente en solitario, exceptuando el régimen de visitas establecido.

Podemos entender que, en algunos casos, por razón de la actividad profesional que desarrolle uno de los progenitores, la custodia compartida no sea una opción viable, pero pensamos también que sigue siendo la mejor opción en interés de todos: de padre y madre por las razones expuestas y, sobre todo, en interés del menor, al permitirle crecer en un entorno más estable en el que ambas figuras, la materna y la paterna, están presentes y asumen la responsabilidad de ayudar a sus hijos en el proceso de convertirse en adultos y, por tanto, en personas maduras e independientes.

Otro día hablaremos acerca de si resulta mejorable el criterio de la guarda compartida con carácter general y si es conveniente en edades muy tempranas, con bebes y niños que no saben ni sus necesidades y con padres y madres que no son capaces de transmitirse entre ellos con serenidad las cuestiones de orden doméstico.