En torno a la educación de los hijos en el extranjero.

Es frecuente que aquellos padres que tienen la posibilidad de financiar los estudios de sus hijos fuera de España, en algún momento de la formación académica se aventuren a ello.

Puede resultar adecuado durante la etapa escolar, en la que son menores de edad o en la etapa universitaria, cuando ya han alcanzado la mayoría de edad.

En ambos casos, si los padres se hallan separados y uno de los dos satisfacía al otro, pensión de alimentos que incluía los estudios habituales aquí, se planteen como se va a financiar este nuevo gasto.

Lo lógico y necesario es que ambos padres se reúnan para llegar a un acuerdo en este nuevo aspecto. No sólo sobre la marcha del hijo al extranjero sino también sobre cómo se van a pagar los nuevos gastos y en que proporción. El progenitor que convivía con el hijo dejaría de percibir la pensión de alimentos, (porque el hijo ya no convive cada día y tiene menos gastos) y el que la prestaba, asumiría los gastos del hijo en el extranjero, de forma directa bien al hijo si es mayor de edad, bien directamente al centro escolar si es menor de edad. Parece un pacto razonable. Pero en múltiples ocasiones el sentido común no impera.

Quien ostenta la guarda se resiste a dejar de percibir la parte del hijo y exige sea considerada la nueva situación como gasto extraordinario y quien la paga quiere sufragar los gastos de forma directa a los centros del hijo o al hijo directamente.

Este conflicto, inunda de procedimientos de modificación de efectos del divorcio o de la separación, los juzgados, que deben decidir sobre la forma de financiar la nueva situación, además, con la presencia de los propios hijos, que sus padres han estado de acuerdo en su marcha de España y en cambio, lo intentan atraer a su campo para financiar su vida fuera.

Lo importante de esta situación, es comprender que cada nueva situación en la familia, implica un cambio de la misma. Cuando un hijo deja la vivienda familiar, hay cambios sentimentales y económicos, de infraestructura, de todo tipo y nada tiene que ver con el vínculo entre los padres, estén juntos o separados. Por este motivo es tan difícil entender aquellas posiciones que se reafirman en que nada cambia, que todo debe seguir igual y que se niegan a hablar sobre la nueva situación; se acepta todo salvo los cambios en el dinero y en la forma de vida. Es ir contra la lógica y el sentido común y como siempre, a los que realmente perjudica es a quien se dice que mas se quiere; a los hijos.